Huír hacia adelante

Hay una escena memorable de El Padrino II que figura ya en la historia del cine y que refleja un hecho fascinante: la romántica huída de Fulgencio Batista en un avión desde La Habana una noche de fin de año tras una magnífica cena y baile en su palacio al sentir que aquella guerrilla que desde hacía tiempo venían haciendo los barbudos desde la Sierra era ya irreversible. Es esa escena a la que Michael Corleone asiste con cierta perplejidad, como si fuese el único que no diese crédito: en toda huída siempre hay alguien a quien le pilla por sorpresa, normalmente el protagonista de todo, aún en su mundo.

Por cosas del destino a mí me ha tocado, a mi manera, huír también hacia adelante, en un avión nocturno como el de Batista (pero a 33.000 pies y 900 kilómetros/hora) mientras el Barça sigue su particular huída hacia adelante en el eterno post-guardiolismo, con ese clásico “que no se note que nosotros estamos peor” que sigue a toda ruptura. El embarque del avión (titulares de la tarjeta Plus primero) ya en el final de la primera parte, me arrebató escenas memorables en el flamante Adolfo Suárez - Barajas con televisores patrocinados y maridos con un ojo en la pantalla de las puertas de embarque y otra en el partido. Todos a nuestra manera tenemos huídas hacia alguna parte, aunque el pasado siempre nos acompañe, de una manera trágica: “el Comandante informa, a petición de algunos pasajeros, que el partido va 1-1, parece ser que le han anulado un gol al Madrid” (gritos exigiendo venganza desde las filas de Business).

En este estado de aire reciclado me imagino al Tata Martino a final de temporada, también huyendo desde el Prat rumbo a su país, preso de un conjunto de teorías y de promesas que tomaron forma en su cabeza al otro lado del charco hace ya un tiempo, más o menos de la misma manera que las de un invitado al Diario de Patricia, enamorado por la webcam sin sospechar lo más mínimo. En cierta manera, al Tata le sucede ahora lo que a Bill Murray en Lost in Translation: ese suspiro final huyendo de una situación forzada más por otros y por la dejadez propia, en un lugar extraño y en completa decadencia tras aquel “al loro, que no estamos tan mal”, emblema del Laportismo. El Tata se subirá al avión de su huída, aliviado y sin siquiera despedirse desde la escalerilla, sin sospechar que algún sobrecargo le terminará confesando, por lo bajo y mientras le sirve la última Estrella Damm en una larga temporada, que en cierta manera ha merecido la pena.