Ir a la aldea (con Renfe)

Viajar en tren desde Madrid a Galicia es, en cierta manera, como ir a la aldea. No por el hecho de que el viaje suponga volver con sobrepeso (y no precisamente en la maleta) sino por el interminable trayecto que sigue siendo esta ruta en 2014, como las carreteras comarcales gallegas donde lo mismo te cruzas con unas vacas que con la Orquesta Panorama en medio de la calzada. Se tardan 2 horas para recorrer los 250 kilómetros que separan Madrid de Zamora y otras 5 para terminar los 370 restantes que quedan entre Pontevedra y Zamora. Las cuentas salen solas.

Por eso, siempre que viajo en esta ruta, soy un habitual de las incursiones al vagón cafetería, ese lugar que une a los Turistas y a los Preferentes y que tiene un mérito añadido: es el único bar de España que se llena todos los días sin poner cubos a 3€. Hace unos años en el vagón cafetería de este tren casi no se cabía; ahora lo han ampliado para que tenga un tamaño más cercano al de los AVE: se sigue llenando como un gallinero de acentos y conversaciones, de gente a la que te encuentras en la primera incursión al vagón cafetería y que siguen en la segunda, en el mismo lugar y exprimiendo la misma conversación.

Reconozco que he disfrutado de viajes enteros en este bar; algunos en el AVE y el último hacia Granada hace unos meses con unos amigos, sentados en unos cómodos sofás con mesas que invitaban a sugerir que, ya puestos, le añadiesen una mesa de billar. En algún momento estuve a punto de abrir una petición en Change.org para que Renfe crease una Tarifa Tercio de Cruzcampo (el nombre aún tiene margen de mejora): una tarifa sin asiento asignado con la única condición de ir durante todo el viaje en el vagón cafetería. Mis intenciones nunca llegaron a buen puerto, no tanto por Renfe si no porque alguien muy cercano a mí trabaja en la popular plataforma y sería una indecencia que recibiese la notificación de algún compañero diciéndole que soy poco menos que un golfo y que en los trenes no pretendo dedicarme a roncar y vociferar, que es lo que hace el español medio en los vagones.

En cierta manera este tren supone ir a la aldea, pues con él he descubierto lugares a los que nunca había prestado demasiada atención, como Guillarei, Puebla de Sanabria o A Gudiña y donde, como es de suponer, hay gente que se sube y gente que se baja. Aunque las estaciones en cuestión no tengan 3G, que es el límite vox pópuli para distinguir entre una aldea y algo más. Es un escalón por debajo del tener McDonald’s, que es algo que a los de Pontevedra siempre nos han echado en cara y a lo que hemos puesto remedio hace unos meses. Así que yo ya no me bajo en la aldea.